Que la risa es algo inherente al ser humano está fuera de toda duda. Los animales no ríen y lo que ocurre con los primates o las hienas es otra historia, ya que en realidad tales mamíferos tan solo emiten unos gritos que nos recuerdan a la risa humana. Al reír el hombre muestra su regocijo contrayendo los músculos faciales de una forma peculiar, al tiempo que emite unos sonidos muy característicos, la risotada o la carcajada, que nos transmiten la sensación de que está especialmente alegre y de buen humor.

El cocodrilo, ese exótico y gigantesco lagarto que vive en el Nilo y otros ríos del mundo, tal vez debido a su peculiar aspecto, resulta muy recurrente cara a las animaciones e historias dirigidas a los niños y también, como veremos, en algunas metáforas dirigidas al público adulto.

¿Quién no ha oído alguna vez esta expresión en tono amenazante puesta en boca de sus progenitores o de algún airado maestro de escuela? Recuerdo que de pequeño mi padre solía decirme ‘¡te voy a cantar las cuarenta!’ como reprimenda frente a alguna travesura o desobediencia mía. Esta clase de advertencia era una de las más duras salidas de su boca, junto a la de ‘te vas a enterar de lo que vale un peine’, de la que ya hablamos en otra ocasión.

Se dice que el sentido común es el menos común de los sentidos. En estos tiempos que nos ha tocado vivir, donde youtubers, instagramers e influencers exhiben sus payasadas sin el menor pudor, el sentido del ridículo no le va a la zaga, y resulta frecuente comprobar que hacer el ganso y decir sandeces a troche y moche, sin importarle a uno la opinión contraria de la gente, está de moda.

Por Pascua se conoce en español a diferentes festividades de carácter religioso para los cristianos. En lugar preferente se refiere a la conmemoración de la resurrección de Cristo, también llamada Pascua Florida o Pascua de Flores. La fecha donde se celebra esta Pascua es variable, aunque los primitivos cristianos la hicieron coincidir con la Pascua del Cordero que hacían los judíos en memoria de la liberación del cautiverio de Egipto, en la mitad de la luna del mes hebreo de Nisán.

Nuestra palabra ‘perro’ es tan curiosa que se origina en el español mismo sin recurrir a préstamo alguno desde otra lengua. No hay más que mirar alrededor de nuestro mapa lingüístico para darnos cuenta de que en las lenguas romances de raíz latina no hallamos paralelismo alguno, ni etimológica, ni fonéticamente, que relacione a nuestro ‘perro’ con aquellos vocablos que definen al animal doméstico por excelencia en otros idiomas.

Bote es de esas palabras que los filólogos llamamos homógrafas, pues se escriben igual, pero llegaron a nosotros a través de cauces etimológicos diferentes. Dejando aparte algunos usos más restringidos y jergales -caso del germanismo referido al macho cabrío-, hay tres acepciones principales que damos los hablantes a esta voz tan versátil.

Cuando alguien se las da de importante, con gestos o actitudes, los hispanohablantes solemos recurrir a expresiones coloquiales que resaltan su arrogancia, creyéndose superior a los demás y mostrando ante ellos una evidente falta de tacto. Ya vimos que tal cosa sucede con la locución ‘tener muchos humos’. Pero hay una manera más sutil aún de decirlo usando otra frase, tal vez menos coloquial, pero frecuente en muchas conversaciones y debates, incluso a día de hoy: ‘tener muchas ínfulas’.

Cuando queremos llamar a las cosas por su nombre, sin dobleces, directamente y no andarnos por las ramas, los hablantes recurrimos a expresiones y frases proverbiales de todo tipo. Los ingleses, por ejemplo, dicen Call a spade a spade (llamar a una pala, pala) y los franceses Appeller un chat un chat (llamar a un gato, un gato); en cambio, los alemanes, más directos ellos, suelen decir Man muss das Ding bei seinem Namen nennen (hay que llamar a las cosas por su nombre).

En sentido literal alguien está en una capilla cuando se halla orando o asistiendo a algún tipo de celebración litúrgica menor, ya que por capilla se entiende el pequeño oratorio o habitáculo que pertenece a una iglesia o está contiguo a ella y posee una advocación particular. La palabra ‘capilla’ es de raigambre latina (capella, capa pequeña), referida en origen a la capa de San Martín de Tours, que las tropas francesas guardaban como reliquia antes de emprender la batalla.
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